
Hace años que no iba a un concierto de música docta. No
clásica, como dicen algunos, sino
docta. Hoy fui con mis abuelos maternos y mi Tía Ingrid, la hermana menor de mi mamá, al Teatro California en Irarrázaval. Más de 30 músicos deleitaron mis oídos (y también echaron a andar mi imaginación) con música de
Felix Mendelssohn y
Johannes Chrysostomus Theophilus Wolfgang Amadeus Mozart. Y me di cuenta de que ser director de orquesta es sencillamente lo mejor.
Es lejos lo mejor que le puede pasar a un hombre. Tener ese poder, ese carisma, esa autoridad para comandar a un grupo de discípulos, que ya son buenos, con el más leve -o enérgico- movimiento de manos. En realidad no son sólo las manos y brazos, sino toda la expresión corporal del director, lo que hace que los demás obedezcan y se sometan, solemnes, a las órdenes del maestro.
¡Cómo me gustaría sentir el sonido fresco y directo de violines, flautas, clarinetes, trombones, violonchelos, contrabajos, tambores, timbales, trompetas o el instrumento que se imaginen! Hacer bailar los sonidos, y yo danzar con ellos. Erguirme con pasión al frente de cada uno de los músicos, de espaldas al público, muy elegantemente vestido, y conducir todo tipo de emociones con cada movimiento de mi cuerpo.
Un director de orquesta es un líder capaz de silenciar multitudes, así como también de arrancar dolor, euforia, admiración, hasta nerviosismo con cada melodía, en cada clímax. ¡Qué mejor que ser director de orquesta! Nada, creo yo. Sentir como vibra el piso de tanto sonido junto y mezclado. Escuchar el atento silencio y respeto del público en cada remanso de la sinfonía.

Si bien estoy muy lejos de ser un gran conocedor de música docta y de directores de orquesta en general, hay un maestro que se ha ganado mi admiración. Un músico y director de orquesta muy famoso, que conocí la primera vez que escuché el increíble
The Final Cut, de
Pink Floyd (en estricto rigor debería decir
by Roger Waters). Me refiero al grandioso
Michael Kamen. Este MAESTRO ha trabajado con muchas bandas de rock, como por ejemplo
Metallica. Y para silenciar todas las voces y dejar que sólo los instrumentos se comuniquen,
en una de las más celebradas comuniones entre lo docto y el metal, los dejo con un himno de
Metallica, versión orquestada y en vivo:
The call of Ktulu.