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Por fin estoy en Calama,
en medio del desierto más árido del mundo, II región, Chile. Vengo a despedirme de mi pueblo querido, Chuquicamata. Llegué esta mañana proveniente de Santiago, donde nevaba hace horas. Aquí la temperatura era de 1º a las 9 AM pero la verdad es que con el sol radiante iluminando toda la loza del aeropuerto, sentía como si fuese primavera.
Al cabo pocas horas mis manos ya están secas y partidas, al igual que mis labios, así que lo primero que hice fue pasar a una farmacia y comprar una crema minúscula, un shampoo y el infaltable bálsamo labial.
Voy a estar tan sólo 5 ó 6 días acá, y no aguanto las ganas de recorrer esos cortos (pero a veces interminables) 15 kilómetros que me separan de Chuqui. Quiero estar ahí, en mi casa. Recorrer a pie cada rincón de ese pueblo casi fantasma, tal como lo hice durante tantos años… los más importantes de mi vida.
Quiero volver a hacer ese tour por la mina más grande del planeta, no importa si ya no se puede entrar a la fundición. Me conformo con observar esos camiones gigantes que trasladan el material que más tarde será cobre, y detenerme atónito a contemplar ese inmenso agujero como no he visto otro. La primera casa en que viví en Chuqui está en ruinas hace muchos años. De hecho ya forma parte de las honduras de la mina. El hospital Roy H. Glover, que fue el más moderno y avanzado de Sudamérica hace décadas, también está sepultado bajo toneladas de escombros y rocas gigantes.
Pero hay muchas cosas que sobreviven. Primero, el viento, el frío, el calor y la sequedad. Ese ruido producido por la fuerte brisa que me hace pensar en el fin del mundo. Las anchas calles del centro deben estar intactas, tal vez con más hoyos que antes, y por supuesto con mucho menos movimiento. Mi casa de la Villa Atacama está en pie. Incluso habitada, pero no le queda mucho de vida tampoco. El cine (si no me equivoco el más antiguo de Chile y Latinoamérica), me debe estar esperando con sus pequeñas ventanas a gran altura, rotas producto del tiempo.
Los mineros siguen trabajando (y lo seguirán haciendo hasta que yo haya muerto), desplazándose por las calles en sus típicas camionetas. Ya casi no hay taxis (bueno… si alguna vez hubo no eran más de 5), ni fiestas, colegio, alumnos, profesores, cicletadas, campeonatos de béisbol, fútbol, ping pong, tenis, gimnasia, etc. Ya casi no queda VIDA. Nunca hubo insectos. No sobreviven en la altura. Ver una mosca era todo un hallazgo en aquel entonces.
Viajo porque añoro el sonido que producen mis pisadas al tomar contacto con la tierra. Vuelvo porque quiero sentir el viento y el frío en la cara. Caminar de un extremo a otro. De los 900 a la Auka Huasi, pasando por la John Bradford, la población Bellavista, el regimiento, las pulpería s uno y dos, y el Chilex “nuevo”; de la entrada donde está la garita de carabineros hasta El Bosque, pasando por la Villa Turi, Villa Atacama, Los Hundidos, los Hundidos Reformados, el Club de Obreros, y el centro.
Quiero observar los cerros que me gustaba escalar. Hacer como si estuviera arriba de una bicicleta cuesta abajo por cualquier calle. Todas las calles tienen una gran pendiente. Quiero estar sentado en alguno de los juegos que habían en algunas poblaciones, en donde uno se siente más solo aún y el viento se cuela entre los metales.
Ojalá se arme algún “remolino” (tipo tornado pero en miniatura) cuando venga de vuelta de Chuqui a Calama, todos los días. Quiero “hacer dedo” y estar seguro de que no tendré que esperar que pasen más de 2 vehículos para que alguien me lleve. También me gustaría estar dentro del Chilex, en el gimnasio, y escuchar las melodías que aún deben estar impregnadas en las murallas después de tanta fiesta. O sentir el rebote lleno de eco de alguna pelota de fútbol en las innumerables pichangas que ahí disputamos.
La feria, la Verbena, el kiosco “El Monje”, la plaza, la iglesia, el auditorium sindical, donde una vez vi a Los Prisioneros cuando recién habían lanzado “La voz de los 80”, y donde alguna vez también tocamos con mi banda frente a un público que se agitaba enfervorizado al son de tempranos acordes de Metallica.
Vuelvo a Chuqui porque lo que les cuento no es NADA de lo que yo viví ahí. Son miles de personas que conocí. Recuerdos familiares, amorosos, amistosos, peligrosos, deportivos, aburridos, solitarios, chistosos…
Por eso vuelvo. Porque el pueblo-ciudad-campamento me necesita tanto como yo a él. Porque son pocas las personas que me entienden, y muchas las vivencias que atesoro. Muy equivocado s estaban los profesores, familiares y amigos cuando me dijeron, en diciembre del 93, al terminar mi enseñanza media: hoy se cierra una etapa.
Al menos yo no he podido cerrarla, y me resisto a hacerlo. Por eso vuelvo. Porque tengo raíces ahí y están secas. Voy a echarle un poquito de agua al desierto.